domingo, 25 de enero de 2009

GADSAD 13 NOVIEMBRE

Hoy corren malos tiempos. La mayoría de los gadsadianos son amateurs a muerte, globeros harían llamarse en otros foros. Y ello lleva a que sus cuerpos y mentes descansen en el limbo de las disculpas. Todas ciertas, de su palabra no se duda ni se debe dudar.

Y hoy muchos han decidido ir al fontanero a arreglar sus averías. Y éste les ha dicho que cierren el grifo por unos días sino la avería puede ser torrencial, inundaría sus cuerpos de lágrimas.

Así que por el momento somos 6 gadsadianos dispuestos a competir por la glora efímera de un 3x3 de basket. Quizás un séptimo se nos una, sólo las carreteras lo saben.

Así que hoy nos vemos a las once para debatir quien gana el partido de los valientes gadsadianos.

G.A.D.S.A.D. (Gorditos Aspirantes a Dejar de Serlo Algún Día)

¿Semos fuertes? ¿Semos viriles? ¿Semos un error de un austrolopitecus fondón?.

Somos GADSAD y no nos arrepentimos de ello. Y lo jueves hemos decidido acudir a un pabellón deportivo en una remota ciudad de un céntrico país para pasar un rato ameno entre pelotas, las cuales unas botan y otras no.

Como presentación creo que este artículo de un lejano, geográficamente hablando, escritor pero cercano en su lengua que no contiene verdades filosofales pero sí un puñao de buenas razones para tomarse la vida con calma...

Uno de los grandes filósofos brasileños, el cantante Tim Maia, dijo en cierta ocasión: «Me propuse hacer una dieta rigurosa. No probé el alcohol ni el azúcar, y me abstuve de comidas grasas. En dos semanas perdí 14 días».

Vivo hace 28 años con una mujer maravillosa, que de vez en cuando pierde la calma y su buen humor porque, según ella, le sobran unos kilos. ¿No estaremos exagerando un poco? Una cosa es la obesidad y otra pretender parar el tiempo y la evolución normal del organismo.

Lo peor de todo es que constantemente aparecen nuevas maneras de perder peso: comiendo calorías, evitando las calorías, consumiendo grasas compulsivamente, evitando las grasas a cualquier precio... Entramos en una farmacia, y somos visualmente invadidos por todo tipo de productos milagrosos que prometen acabar con las ganas de comer, con el tejido adiposo, con la barriga, etc.

Sobrevivimos todos estos milenios porque fuimos capaces de comer. Y, hoy en día, esto mismo parece haberse convertido en una maldición. ¿Por qué? ¿Qué es lo que nos hace intentar mantener a los 40 el mismo cuerpo que teníamos cuando éramos jóvenes? ¿Es que existe alguna posibilidad de parar esta dimensión del tiempo?

Claro que no. ¿Y por qué tendríamos que ser delgados? No hay ninguna razón para serlo. Compramos libros, vamos al gimnasio, gastamos una cantidad importantísima de nuestra energía intentando parar el tiempo, en lugar de caminar por este mundo celebrando el milagro. Cuando deberíamos estar pensando en cómo vivir mejor, nos obcecamos con el asunto del peso.

Olvídenlo. Ustedes pueden leer cuantos libros quieran, hacer los ejercicios que consideren necesarios, infligirse todos los castigos que deseen y seguirán teniendo, de todas maneras, dos opciones: dejar de vivir o engordar.

De acuerdo que hay que comer con moderación, pero, antes que nada, hay que comer con placer. Ya lo dijo Jesucristo: «Lo malo no es lo que entra, sino lo que sale de la boca del hombre».

Un día estaba en un restaurante libanés con una amiga irlandesa y conversábamos sobre ensaladas. Con todo el respeto debido a los vegetarianos y a los fundamentalistas de la alimentación, la ensalada, para mí, sirve esencialmente para decorar el plato. No podemos vivir sin ella, pero tampoco podemos considerarla el centro de nuestras atenciones gastronómicas. Los periódicos publican a diario historias de jóvenes en busca del estrellato en las pasarelas que terminan muriendo como consecuencia de esta obsesión por el peso.

Recuerden que durante milenios luchamos para no pasar hambre. ¿Quién se inventó esta patraña de que todo el mundo tiene que mantenerse delgado durante toda la vida?

Voy a responder: los vampiros del alma, quienes piensan que es posible parar la rueda del tiempo. Pues no, no es posible. Usen la energía y el esfuerzo que emplearían en una dieta para alimentarse del pan espiritual y continúen disfrutando (con moderación, insisto una vez más) de los placeres de la buena mesa.

El año pasado escribí una serie de columnas sobre los pecados capitales, y la gula era uno de ellos. Pero ¿qué es exactamente la gula? Una obsesión. Lo mismo que la dieta. En este punto, los dos extremos se encuentran, siendo ambos nocivos para la salud. Mientras millones de personas pasan hambre en todo el mundo, vemos que hay gente incentivando la delgadez porque, en algún momento, alguien decidió que ser delgado era la única manera de conservar la juventud y la belleza.

En lugar de quemar artificialmente estas calorías, debemos intentar transformarlas en energía que se pueda aplicar a la lucha por nuestros sueños. Nadie se mantuvo delgado durante mucho tiempo sólo por causa de una dieta.


Saludos.

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